Decir que la convocatoria opositora del #8A fue un éxito es
negar la realidad. Pueden encontrarse en la manifestación distintos rasgos
positivos, pero que de ninguna manera eran los que se perseguían con la
convocatoria.
El fracaso del #8A tiene distintos orígenes:
La fecha elegida: tres días antes de las elecciones
Primarias. Con la cercanía de los comicios, la gente en primer lugar cambia su
humor hacia las manifestaciones, pero además al tener la posibilidad de
canalizar los reclamos mediante el voto en las urnas, la necesidad de salir a
las calles a reclamar pierde urgencia y prioridad.
El duelo nacional: en todo orden de la vida, no solo decide
uno mismo. El duelo nacional decretado por la Presidenta desactivó
todo gran acto político hasta las elecciones. No hubo cierres de campaña –los políticos
tuvieron que conformarse con minutos de tele-, no hubo actos y no tendría que
haber existido el #8A.
Si alguien vio (y recuerda) la película Wag the dog (en
español Mentiras que Matan o La cortina de humo) con Robert De Niro y Dustin
Hoffman, recordará la parte en que logran crear una guerra, y recordarán la
forma en que ese conflicto llega a su fin. Los caceroleros inventaron el #8A, y
CFK le puso el final. Todo lo que vino después, estuvo de sobra.
La falta de apoyo: si, estuvo La Solano Lima , agrupación del
macrista Cristian Ritondo. Estuvieron Cynthia Hotton y Pato Bullrich. Pero faltaron
los medios opositores, que en otro momento entregaron minutos de aire, páginas
y lugares en la web para fomentar y luego cubrir las manifestaciones, y eso no
es poco.
Falta de impotencia e indignación: El cepo al dólar, la
negación de la inflación, la búsqueda de la re-reelección, Tragedia de Once,
Castelar, la ficción de Fariña y Elaskar, el avasallamiento a la Justicia , las repetición
del uso de la cadena nacional, etc. etc. son hechos que indignan a la gente común
(diría Agarrate Catalina) y los llena de impotencia. En el último mes no se
solucionaron, pero tampoco un hecho relacionado con esos temas fue centro de
atención excluyente. En una palabra, no se bombardeó desde los medios con
noticias relacionadas a temas que indignan a la gente y tienen al Gobierno
Nacional como único culpable. La gente no sintió la necesidad de salir expulsada del living de su casa cacerola en mano a protestar y pedir que se vaya alguien.
Convocatoria papal: Es cierto que Francisco es un papa
carismático, humilde y que logró en muy poco tiempo meterse en el bolsillo
(gran bolsillo) a mucha gente que le había escapado a la fe y al cristianismo
en los últimos años –o décadas-. Sin embardo, que el papa haya expresado en Río
de Janeiro que “salgan a las calles” y “hagan lío”, no debe entenderse como un
mensaje hacia la Argentina
y hacia la política Argentina. Convocar a una marcha contra un Gobierno porque
Francisco llamó a “hacer lío”, es desentender el panorama actual. Y no
recordemos la alineación del kirchnerismo –que los caceroleros critican-, con
el Papa... ¿para qué? El kirchnerismo se apropió del Papa, y los que critican al
gobierno llaman a manifestarse porque el Papa así lo ordenó… ¿contradicción? ¿imprudencia?.
Pongan el nombre que quieran.
La negación de la derrota anticipada. Quizás el punto más
fuerte del fracaso de la marcha del #8A tenga que ver con este punto. Con todos
los componentes adversos descriptos más arriba, y ante el pedido –no sólo de la
oposición que representan, sino de militantes de redes sociales que adherían a
anteriores marchas-, sobre la cancelación del #8A, los organizadores e
impulsores del cacerolazo (lo es espontáneos ya es una cuestión de cinismo),
decidieron continuar para adelante “y no dar el brazo a torcer”.
Si alguien opinaba en alguna red social que la manifestación
debía ser suspendida, rápidamente aparecían usuarios criticando y diciendo que no
la iban a suspender porque “eso es lo que busca el Gobierno”. Jamás entendieron
que CFK ya había dado de baja la iniciativa con el duelo nacional. No vieron
Wag the dog.
Y se hizo nomás. La poca gente que se acercó no estuvo mucho
tiempo como en anteriores marchas. No había clima –faltaban cacerolas
abolladas, caretas, pancartas ingeniosas- y no había razones urgentes para
estar ahí. Pasaban, miraban, caminaban, fueron del Obelisco a Plaza de Mayo –o viceversa-
y se volvieron. Aprovecharon que los colectivos no cambiaron su recorrido, que
el Subte funcionaba, que ni siquiera se cortó el tránsito. Que todavía era
temprano para cenar en casa y no trasnochar más de la cuenta.
Se hizo, nomás. Y no sirvió para nada. El final de la
campaña y las PASO ocuparán a la opinión pública, a los medios, y al Gobierno,
por suerte. Porque si el objetivo era reclamarle a la Presidenta , mostrar la
ciudadanía opositora a días de ir a las urnas, no se logró.
Lo mejor que le pasó al cacerolazo del #8A es que pasará
inadvertido. No sacará provecho alguno, pero tampoco será funcional a los intereses
que buscaban criticar. Lo importante, hoy, es otra cosa.


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